Muchas veces basta una mirada. Una mirada sostenida.
Tus ojos sobre los ojos del otro. Adivinar el significado de los brillos.
Leer el futuro inmediato más allá de las pupilas.
Quieres decir muchas cosas, pero aguánta las ganas. Aprieta los labios.
Permite que las ideas circulen sin que salgan al exterior.
Alarga el espacio entre las preguntas y las respuestas.
Deja que los músculos se dibujen en el rostro.
Espera una señal de alerta. Mantén la respiración.
Piensa que el otro también piensa.
Analiza. Espera.
. . . . . . .
Callar para escuchar. Callar para mirar. Callar para aprender. Callar para callar.
Callar para convertir el silencio en un cómplice. Para saber que el eco existe.
Callar, porque no todo lo que nos conviene escuchar nos lo dicen al oído,
con la intimidad de una confesión, con el volumen de un grito,
con el acento de las grandes revelaciones.
Callar para comprender que el silencio es el antifaz de los sonidos más hermosos.
“Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra”. (Clemenceau)
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